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Mesroda,
su perro
y su cerdo.

Mesroda era un señor rico y hospitalario que vivía en Leinster. Tenía dos posesiones muy presiadas: un perro que corría más deprisa que cualquier otro perro y un cerdo que era el más grande que se habIa conocido.
La fama del perro se extendió, y muchos príncipes y lores deseaban obtener el animal. Cierto día llegaron a Mesroda dos mensajeros, uno del rey de Ustler y el otro de la reina de Connacht, dos territorios en conflicto.
El enviado de Connacht ofreció seiscientas vacas lecheras y un carro con los dos mejores caballos del reino. Pero el mensajero de Ustler ofertó no menos que Connacht y la amistad y la alianza de Ustler.
Mesroda pensó durante tres días y tres noches, sin dormir, ni comer ni probar bocado. Su mujer estaba preocupada y cuando le preguntó qué era lo que ocurría, Mesroda repondió, tal y como una viejo dicho rezaba: "No le confIes dinero a un esclavo ni secretos a una mujer."
La esposa le respondió que lo que una mente no puede solucionar quizá otra sí, y finalmente Mesroda le contó lo sucedido: "A quienquiera que le diga que no, atacará mi castillo y asesinará a mi gente."
Su mujer le contestó: "Entonces dáselo a ambos, y pídeles que vengan a buscarlo, si alguien asola a alguien, será entre ellos."
Así fue que los reyes y sus séquitos llegaron a una gran fiesta para la que Mesroda había matado a su famoso cerdo, para servirlo. Cuando llegó el momento, discutieron sobre quién tendría el honor de trincharlo, que debería ser un guerrero de grandes hazañas.
Ket de Connacht empuño su cuchillo, justo cuando cruzaba la puerta de entrada Conall de Ustler. Se saludaron con cortesía caballeresca, hasta que Conall dijo:
- Ahora, apártate del cerdo y déjame el lugar.
- ¿Por qué? - preguntó Ket
- ¿Buscáis una respuesta de mí? Por los dioses de mi nación, juro que desde que tomé las armas por primera vez en mis manos no ha pasado ni un solo día que en que no matara un hombre de Connacht, ni una sola noche en que no hiciera una incursión sobre ellos, y nunca me he dormido sin tener una cabeza de un hombre de Connacht bajo mis rodillas.
- Confieso - dijo entonces Ket - que sois mejor hombre que yo, y os cedo el cerdo. Pero si Anluan, mi hermano, estuviera aquí os contestaría. ¡Cuánta pena de que no esté aquí.!
- Anluan está aquí - gritó Conall, mientras sacaba de su cinturón la cabeza de Anluan y la tiraba sobre Ket.
Todos se revolucionaron, las espadas salieron de sus protecciones y pronto los hombres destrozaron las puertas, se mataron unos a otros en campo abierto y las huestes de Connacht fueron auyentadas.
El codiciado perro, siguió los carros que se retiraban, hasta que uno de los guerreros de la reina Maev le cortó la cabeza y de esa forma la reunión no fue ganada por nadie.
Mesroda se quedó sin perro y sin cerdo, pero salvó sus tierras y su vida.

 La Taberna Celta
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